La Fe de Otros

Julio 20th, 2010 § 4

Fr. Roberto Cabrera Catache OFM

Entró de nuevo en Cafarnaúm; al poco tiempo había corrido la voz de que estaba en casa. Se agolparon tantos que ni siquiera ante la puerta había ya sitio, y él les anunciaba la palabra. Y le vienen a traer un paralítico llevado entre cuatro. Al no poder presentárselo a causa de la multitud, abrieron el techo encima de donde él estaba y, a través de la abertura que hicieron, descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe de ellos, dice al paralítico: ‘Hijo, tus pecados te son perdonados’… A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’. Se levantó y, al instante, tomando la camilla, salió a la vista de todos, de modo que quedaban todos asombrados y glorificaban a Dios diciendo: ‘Jamás vimos cosa parecida’ (Mc 2, 1-12).

Podemos recordar el dialogo tan intenso, profundo y atrevido de la mujer cananea con Jesús (Mt 15, 21-28); el dialogo corto y desesperado que inicia el ciego de Jericó (Lc 18, 35-43); la petición insegura del leproso (Mc 1, 40); la respuesta de la hemorroísa ante la pregunta de Jesús (Mt 9, 21-22).

Pareciera que la realización de milagros exige algunos requisitos: a) El encuentro personal con Jesús, b) la petición verbal de parte del enfermo o aquejado, c) el consentimiento de parte de Jesús, d) la realización de la sanación,

A diferencia de otros milagros, en este pasaje evangélico, Jesús no tiene ese dialogo maravilloso con el enfermo; tampoco podemos atestiguar ese encuentro vital del enfermo con Jesús, ese encuentro de palabras, ideas y miradas a través de las cuales se hace presente la salvación y el reino de Dios.

En esta ocasión, el enfermo es incapaz de provocar el encuentro con Jesús (a); también, el evangelio no nos proporciona la certeza de una petición de parte del enfermo (b).

De una manera maravillosa, este texto evangélico nos demuestra cómo el aparente orden establecido para la realización de las sanaciones, cambia drásticamente. No hay petición del interesado, no hay dialogo, sin embargo, sí hay sanación.

¿A qué se debe? ¿Cómo este hombre incapaz de valerse por sí mismo obtiene la salud de parte de Dios? La respuesta es revolucionaria: gracias a otros.

El evangelio nos muestra cómo entre cuatro personas, un paralitico es transportado hacia donde Jesús estaba.

Podemos atrevernos a pensar en los acontecimientos previos que no nos dice el evangelio.

El texto nos dice que al poco tiempo había corrido la voz de que estaba en casa (Jesús). Muy probablemente estos cuatro personajes habrían oído ese rumor de que el Maestro recién regresaba. Esta era la oportunidad de que su amigo, hermano, hijo o padre, recuperara la salud. Sin dudarlo se habrían puesto de acuerdo para llevar al enfermo frente al Maestro, costara lo que costara.

La multitud era tanta, sin embargo, con la esperanza de ver al Maestro y con la fe en su poder curativo, abrieron el techo encima de donde él estaba y, a través de la abertura que hicieron, descolgaron la camilla donde yacía el paralítico.

Entonces, tiene lugar la misteriosa curación: Viendo Jesús la fe de ellos…

Por alguna razón, Jesús no ve la fe del paralítico. No sabemos cuáles son las razones; tal vez, el paralítico no quería ser curado; quizás el paralítico sí quería sanar, pero su fe era poca; quizás, después de tantos años postrados en una camilla, ya no sabía qué preferir, si intentar quedar sano, quedar igual o morir; quizás, ni siquiera se enteró dónde y frente y a quién estaba.

Sin embargo, a Jesús nada de estas suposiciones le importan. Jesús ve la fe de aquellos cuatro que lo llevaban en una camilla. La fe de estos hombres debió haber sorprendido a Jesús, puesto que fueron capaces de hacer hasta lo imposible por acercarle a su enfermo.

Estos cuatro hombres no dudaron jamás de la presencia sanadora del Maestro. Estos cuatro hombres, al ver que no podían acceder, abrieron el techo, y entonces sucede: dice al paralítico: ‘Hijo, tus pecados te son perdonados’… A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’.

El final del relato es conocido y hasta esperado: se levantó y, al instante, tomando la camilla, salió a la vista de todos.

Jesús no ha visto la fe del enfermo, sino la fe de los que lo llevaban. Esto es suficiente.

A ti, que tienes un amigo, hermano, novio, esposo, padre, madre o hijo paralítico,

Tú que tienes a alguien cercano y amado, paralizado por alguna enfermedad del cuerpo o del alma.

Tú que sufres con y por esa persona

Tú que ya conoces al Maestro

Tú que sabes que sólo el Maestro puede sanarlo

Tú que estás dispuesto a hacer lo que sea necesario para que tu ser querido salga de su problema

¡Llévalo ante el Maestro! ¡Él te escucha! ¡Él ve tu fe!

¡Abre los techos que sean necesarios! ¡Derriba las paredes que se interpongan!, y carga contigo al enfermo. Una vez que el Maestro vea tu fe, tu esfuerzo, tu amor por esa persona, entonces volverá a suceder, y escucharas ese Levántate.

Recordemos las palabras del apóstol: Si alguno de vosotros se desvía de la verdad y otro le convierte, sepa que el que convierte a un pecador de su camino desviado, salvará su alma de la muerte y cubrirá la multitud de sus pecados (St 5, 19-20).

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§ 4 Respuestas a “La Fe de Otros”

  • Sergio Montes dice:

    Muy profundo primo, ” The Lord works in mysterious ways”. Este es un claro ejemplo de ello.

    Un abrazo

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  • michelle dice:

    catache:

    excelente articulo mil felicidades
    un artuculo lleno de fe de amor y de esperanza, una caricia diaria que nos da Jesus, me llego derrepente el articulo y es cuando descubres que dios esta diario con nosotros y cuanto nos ama
    Felicidades por escribir tan bello y por acercarnos atravez de tus palabras a ala morada mas intima de DIos

    Un abrazo

    Michelle

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  • NORMA dice:

    Me da mucho gusto que retomaran la pagina

    Gracias!!!

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  • NORMA dice:

    Hola que bueno que regresaron

    Esperamos ansiosos el contenido de Agosto

    saludos

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